De maestra jardinera a protectora de la única colonia continental de pingüinos rey

Jun 9, 2026 | Destacada, Curiosidades

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Una ex docente chilena convirtió parte de su campo en una reserva natural y logró que una población al borde del colapso creciera hasta casi 200 ejemplares, combinando vigilancia, perseverancia y conservación científica.

Lo que comenzó como un hallazgo inesperado terminó convirtiéndose en un proyecto de conservación único en el mundo. Cecilia Durán Gafo, una ex maestra de jardín de infantes de 72 años, transformó parte de su establecimiento en Bahía Inútil, en Tierra del Fuego chilena, en un refugio para la única colonia continental de pingüinos rey, que pasó de unos pocos ejemplares a casi 200.

Durán recuerda que encontró por primera vez a estas aves anidando en su terreno a comienzos de la década de 1990, pero la experiencia terminó abruptamente. Personas que simulaban ser científicos “los metieron en jaulas y se los llevaron a Japón… supuestamente para investigación científica. Más tarde, descubrimos que la mayoría habían ido a parar a zoológicos o a casas particulares como mascotas”, relata.

Los pingüinos no regresaron durante más de diez años. Cuando volvieron en 2010, la situación volvió a repetirse, esta vez con turistas: “Los vistieron con gorras y gafas de sol, y se tomaron selfies. Cosas horribles”, recuerda. En apenas un año, la población cayó de 90 individuos a solo 8.

Frente a ese escenario, reunió a su familia para buscar una solución. Con la anuencia y acompañamiento de sus dos hijas, desde entonces comenzó a custodiar personalmente la playa: “Todos los días venía con un termo y un sándwich. Me pasaba el día entero, congelada hasta los huesos… asegurándome de que la gente no molestara a los pingüinos”.

Al año siguiente cercó 30 hectáreas de su campo y creó un área protegida donde los visitantes solo pueden observar a las aves desde la distancia. Sin embargo, el desafío continuó con la llegada de visones y zorros grises, especies invasoras que atacaban huevos y polluelos.

“El visón no ataca a los adultos, sino a los polluelos y los huevos. Al principio, solo sobrevivían uno o dos polluelos de pingüino. Entonces comenzó nuestra batalla que duró años”, explica. Para alejarlos, organizó guardias nocturnas, distribuyó restos de carne lejos de la reserva y sumó perros para marcar el territorio.

Hoy la reserva cuenta con un equipo de doce personas, recibe unos 15.000 visitantes al año y colabora con universidades en investigaciones científicas. Para Durán, el resultado más alentador está en las nuevas generaciones: “El año pasado sobrevivieron 23 polluelos, un récord”.

(PH: Anastasia Austin/The Guardian)